domingo, 27 de abril de 2025

Breve ensayo crítico sobre la distinción de John Stuart Mill entre placeres superiores e inferiores

Existen algunas inconsistencias en la distinción que hace John Stuart Mill entre placeres superiores e inferiores en su teoría utilitarista. El objetivo de este ensayo no es desmontar la propuesta moral de Mill, sino reforzarla mediante algunos matices. Para ello, se pondrán de manifiesto una serie de inconsistencias, como un error de base dualista en su distinción de los placeres y un esbozo de desprecio por la dignidad animal que denota la marginación de ciertos agentes dentro de la comunidad moral. Frente a estas incoherencias, se plantearán sugerencias para hacer de esta teoría moral una idea más inclusiva y atractiva.


El placer gastronómico (inferior para los puritanos) se revela como un arte sublime (superior), capaz de redimir y conmover. "El festín de Babette", fotografía de Henning Kristiansen.



LA TESIS DE MILL

Antes de traer a colación mis aportaciones a la teoría utilitarista de Mill, conviene presentar el punto en el que nos vamos a centrar para reforzarla: su distinción entre placeres superiores y placeres inferiores.

En el capítulo segundo de su obra Utilitarismo (1863), Mill establece un conocido criterio ético según el cual las acciones son buenas en la medida en que tienden a promover la felicidad o malas si producen lo contrario de la felicidad, entendiendo por felicidad el placer y por infelicidad el dolor o la falta de placer.

Así, antes de actuar, debemos preguntarnos qué acción resultará en mayor felicidad para todos los que se vean afectados por ella, promoviendo siempre la vida alegre y feliz. Sin embargo, dado que este modo de vida puede parecer más propio de los animales salvajes que de los humanos civilizados, Mill prevé esta objeción a la que apela como «Objeción de la Doctrina de los Cerdos» añadiendo a su utilitarismo un sesgo cualitativo y no sólo cuantitativo, es decir, que no sólo debemos tomar decisiones en función de la cantidad de placer que proporcionan nuestras acciones sino también del tipo, que puede ser: un placer superior, que depende de capacidades distintivamente humanas como el pensamiento racional, la autoconciencia o el uso del lenguaje; o un placer inferior, que son los placeres físicos, que requieren sensibilidad y corporeidad y son más fugaces. Así, para Mill, los placeres intelectuales serían preferibles a los físicos, ya que ningún hombre sabio querría ser ignorante aunque fuera más fácil ser feliz si lo fuera.

REVISIÓN CRÍTICA DE LA TESIS DE MILL: ERROR DE BASE DUALISTA Y DESPRECIO ESPECISTA

Una vez expuesta la distinción de Mill entre los placeres, procedo a señalar las incoherencias en la distinción que hace Mill entre placeres superiores e inferiores, pues no sólo supone que hay unos placeres superiores a otros, sino que analiza por separado los placeres corporales y los intelectuales.

Lo cierto es que la naturaleza de estos dos problemas de Mill es heredera de una tradición que se remonta al auriga de Platón y cuyos ecos resuenan en la glándula pineal cartesiana, es decir, es un problema de una concepción antropológica dualista y antropocéntrica que ha caducado en nuestros días.

Por un lado, el problema de la presupuesta concepción dualista de mente y cuerpo de Mill ha llevado a un debate sobre los distintos tipos de placer basado en la idea de que las personas somos cuerpo y alma y que a partir de ahí podemos apreciar unos placeres corporales y otros espirituales, cuando lo cierto es que la ciencia lleva años adelantando estudios que demuestran el efecto que las hormonas tienen sobre nuestros pensamientos, Lo que en Platón era un auriga controlando los caballos de las pasiones y en Descartes un órgano que conectaba lo material con lo inmaterial, ahora es serotonina, adrenalina o dopamina saltando de una neurona a otra.

Para demostrar este error de base dualista y su correspondiente carácter antropocéntrico, propongo el siguiente ejemplo: siguiendo la idea de los placeres inferiores, comer sería uno de los más reconocibles. Dado que el placer de comer es común a todos los animales con sentido del gusto, podemos aceptar que los humanos y los animales no comen de la misma manera, ya que los animales se alimentan por sí mismos pero los humanos cocinan e incluso tienen una ética sobre la alimentación y la ecología o las dietas, y cocinar requiere el mismo esfuerzo intelectual que cualquier placer superior. Y esto no sólo ocurre con la comida, sino también con otros placeres considerados inferiores, como el sexo, para el que también existen códigos éticos y sociales más complejos que el cortejo que han dado lugar a la formación de géneros e incluso a un arte del sexo (por ejemplo, el Kama Sutra o el cine erótico).

Esto demuestra que la razón humana ha transformado los impulsos placenteros en actividades intelectuales que proporcionan un mayor disfrute y no tanto que haya placeres superiores o inferiores. Lo que hace que un placer sea superior es, por un lado, la cantidad y, por otro, la forma de hacerlo, el «cómo» pero no el «qué». Por tanto, todos los placeres están al mismo nivel, pero la forma de experimentarlos los hace diferentes.

Por otra parte, esta segregación entre los placeres animales y humanos conduce a la exclusión de otros animales de las comunidades morales. Esto se debe a la asociación del placer superior con el humano y del placer inferior con el animal, cuando lo cierto es que, aunque humanos y animales no siempre comparten facultades que proporcionan placeres como el pensamiento simbólico que genera el arte, los animales sí se benefician placenteramente de los resultados de nuestras facultades. Es el caso de los primates que se ríen de los trucos de magia o de los peces que distinguen entre Bach y Stravinsky.

Así que, sí, hay una cierta dependencia de este disfrute animal de nuestras facultades condicionada por sus capacidades intelectuales, pero no porque sean incapaces de disfrutar de ellas sino porque no se desarrollan artísticamente (aunque también hay animales artísticos como el pájaro arco macho que hace nidos a su gusto para el cortejo de la hembra o elefantes como Boon Mee capaces de pintar objetos reales). Los demás animales, a su vez, experimentan los mismos placeres que nosotros a través de las mismas vivencias, del mismo modo que un humano incapaz de cocinar, pintar o componer música sigue disfrutando de esos placeres. Lo único que realmente puede parecer diferente es el grado o la cantidad de placer, ya que, como he explicado antes, el enriquecimiento y la autorrealización que se obtienen del placer sólo difieren en los niveles de intensidad y en la particularidad de cómo se disfruta de esa experiencia (que producirá un tipo de hormona u otro o afectará a una parte del cerebro u otra), pero el placer intelectual es tan físico como cualquier otro, en la medida en que está causado por la misma razón, una hormona, algo tan físico como mental, siendo la misma cosa pero interpretada de diferentes maneras.

CONCLUSIÓN

Aunque el utilitarismo ha conseguido establecerse como una posible teoría moral completa con respuesta a multitud de problemas morales, existen en él algunos desajustes que pueden solucionarse mediante ciertas correcciones como el problema cualitativo (que lo asemeja más al de Bentham) o mediante la eliminación del prejuicio sobre la ignorancia de los animales. Estas imprecisiones de Mill, sin embargo, no desmontan su teoría, pero sí la hacen susceptible de ciertas objeciones evitables, como un cierto grado de antropocentrismo o una falta de criterios para diferenciar los placeres que Mill no consideró, pero que, con los respectivos añadidos que he aportado más arriba, podrían hacer del utilitarismo una teoría aún más resistente.


BIBLIOGRAFÍA

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