domingo, 27 de abril de 2025

Reseña Arte Duty-free. El arte en la era de la guerra civil planetaria., Hito Steyerl.

Entropía inversa en el Arte Duty-free

El libro de Steyerl está codificado en el lenguaje de un delirio muy lúcido en el que se plantea la función y la condición de posibilidad del arte en el contexto de una realidad en constante construcción a través de los medios de comunicación, Internet y el uso de la imagen como ladrillo de este mismo presente. No obstante, la edificación de esta nueva realidad, del futuro, requiere de una planificación de obra novedosa que evite que el inmueble se venga abajo como los anteriores.

Esa novedad en la realidad de las imágenes que se está gestando es clave, por eso, Steyerl, haciendo gala de su oficio como realizadora cinematográfica, introduce este análisis de tintes paranoicos por medio del filme de Doug Liman Edge of Tomorrow (2014), inspirada en el libro All you need is kill (2004) de Sakurazaka, en el que un soldado que muere en la guerra frente a una raza alienígena vuelve una y otra vez al campo de batalla revivido en un bucle de muertes y resurrecciones del que solo puede salir mejorando como soldado y venciendo en batalla. Ese bucle, esa repetición de la historia se conoce en el contexto filosófico como estasis, y la propuesta de la autora para sobreponerse a ella, para evitar la reproducción eterna de la guerra, toma como referencia dos elementos: afirmar que hay algo después del bucle, un mañana; y “matar aliens” como vehículo de acceso al mañana. Es decir, para avanzar, es necesario que deje de ser hoy, y para lograrlo se debe acabar con los elementos que retrotraen el ayer al hoy una y otra vez, esos “aliens” hechos de nostalgia y miedo que no comprenden el valor performativo del arte y entienden la museología por su acción de preservar una obra del mañana por temor a que deje de tener el valor que tiene hoy.

La habitación, los compañeros de fatigas, y la bola-Gantz al fondo. Gantz, Hiroya Oku.

Si se busca reactivar la historia para salir del bucle de la estasis de una “guerra civil planetaria” que converge en un mundo capitalista, represor y hostil, hay que dar un paso al frente, con nuevas obras de arte, el pasado no puede ocupar continuamente el presente y por eso, los museos han de preservar el futuro antes que el pasado permaneciendo como espacios público, pues “el arte requiere visibilidad para ser lo que es, y sin embargo esa privacidad es precisamente la que se ve amenazada por los esfuerzos para preservarlo o privarizarlo”.[1]

Desgraciadamente, el libro de Steyerl se escribió al menos dos años antes del estreno de Tenet (2020), un largometraje que seguro hubiera servido como magnífica ilustración audiovisual no solo introductoria sino de los seis primeros capítulos. Tenet es un vibrante thriller de espías y viajeros en el tiempo de Cristopher Nolan donde se construye una narrativa confusa repleta de inversiones en un tiempo presente en el que confluyen el presente y el pasado (metafóricamente, como en el palíndromo que le da nombre). Su escena más popular se plantea justamente en el mismo escenario que relata el capítulo 6: Arte Duty-free y que cuenta como el protagonista de la película y su socio se cuelan en una suerte de museo privado y extraestatal (análogos a los de Ginebra y Luxemburgo que se mencionan en el libro) oculto en el aeropuerto de Oslo al que solo las élites políticas más selectas y los propietarios de las obras tienen acceso. Los protagonistas estrellan un avión contra este espacio en busca de un cuadro cuyo significado permite desencadenar una guerra nuclear que acabaría con la Tierra. Inmediatamente después, se revela que la obra está protegida por una tecnología capaz de revertir el tiempo mediante la inversión de la entropía, lo que enfrenta al protagonista con su versión del pasado en un presente roto por la intrusión del ayer. En relación con el libro de Steyerl, se podría extraer de esta película que el poder político de las imágenes es capaz de crear y fortalecer Estados y que ese poder de las imágenes, al quedar privatizado en manos de propietarios muy poderosos, es lo que permite reorganizar la estructura de la sociedad, esas imágenes que actúan como ladrillos son controladas por las élites que dominan el mundo. Y lo hacen a través de un peligroso método de destrucción creativa (término en que se profundizará más adelante) que convive simbióticamente con el fluir del tiempo alterado. Igual que en Tenet, el presente se muestra vaciando el futuro para mostrar en bucle un pasado que nunca existió, pues tanto el cuadro que se roba en la película como cualquiera de nuestro mundo, se pinta pensado en un presente, un contexto espacial y temporal, no con intención de trascender estas categorías de esta trayectoria, el tiempo corre hacia atrás, de un futuro vacío a un pasado inexistente. Un futuro vaciado para alimentar un pasado imaginario estancado, sostenido por un diseño disruptivo”.[2]

Efectivamente, como argumenta Steyerl, nos abocamos a una era de El Terror del Dasein Total. El ser humano existe para sí insertado en una conciencia que es presente, temporal, y lo hace con relación a cosas y personas, su mundo, por lo que, si el mundo condiciona la conciencia, también condiciona su existir. Siguiendo esta idea heideggeriana es hora de retomar el concepto de destrucción creativa, que es aquel con el que se han estado construyendo los museos del mundo contemporáneo.

Ahora se puede empezar a hablar de un plan de obra del museo en el que se requieren el ladrillo (las imágenes) y la mano de obra (los sujetos que interactúan con las imágenes), lo que queda por destapar es la arena de cemento que permita operar a la conciencia con el arte para ponerse manos a la obra.

Esa arena de cemento es el elemento más poderoso de todos porque incluso fuera de las realidades proxy como la actual, aquellas que interponen intermediarios entre el arte y las personas, siempre será necesario un canal de acceso espacial que conecta al mundo con las obras, en este caso, el dasein. El museo del futuro que pone en juego vidas humanas, necesita ser público, accesible, pero la condición material de las obras lo dificulta todo, de ahí que Steyerl subraye la importancia de la economía de la presencialidad. Para establecer una relación con una obra de arte hay que eliminar toda barrera, incluso virtual, pero la logística actual no permite ni el transporte constante de obras ni de personas, por lo que la omnipresencia se antoja imposible y, para al menos acceder a una obra, el uso de los medios de comunicación, Internet o la difusión impresa o las copias de las obras se mueven en este ámbito. Es aquí precisamente donde radica el problema principal, esa masa con la que pegamos ladrillos opera bajo el control de algoritmos que sugestionan la percepción de los hechos y el arte a partir de la apofenia, un fenómeno por el cual se perciben patrones entre datos que en principio carecen de sentido o relación pero sugestionan la conciencia para verlos así. La apofenia y la destrucción creativa sirven para causar polarización social mediante la aplicación del capitalismo de la vigilancia y la confusión algorítmica. Conduce a la fragmentación de sociedades con el empleo de monopolios tecnológicos que expanden odio, desinformación y controlan la conducta humana. Sus soldados son bots y su estrategia es la destrucción de la esfera privada de las personas. La predicción y la influencia en la conducta humana mediante los algoritmos publicitarios de las distintas páginas web son la evolución del totalitarismo fascista que indica Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951) hacia las sociedades de consumo de las democracias liberales capitalistas por mucho que el capitalismo sea un sistema orientado a la forja de personalidades diferentes y repletas de particularidades, independientes y poderosas, en realidad, lo que produce son posibilidades de identificarnos con tendencias estéticas, pasatiempos o ideologías que no son más que opciones de consumo a los que las algoritmos nos inclinan.

Y aquí confluye el mayor problema y quizá el error ingenuo de la paranoia de Steyerl, para recuperar esa arena de cemento con la que construir el “museo del futuro”, sostiene que en la sociedad hiperdigital de imágenes es necesario reapropiarse de las herramientas tecnológicas para tejer un entramado de “redes subterráneas genuinas” que reavive el arte autónomo y se aleje de financiación estatal o corporativista. El error aquí es que sin los apoyos de mecenas de esta índole, el arte autónomo será para unos pocos y mucho más débil que el arte tradicional. Parece casi una idea de un sindicato de artistas ars gratia artis con conciencia de gremio que solo imita la historia, y eso se contradice con la premisa de innovar. Quizá, ese sea el gran error de enfoque, pensar el arte autónomo como universal cuando lo que subyace a la era de la confusión digital es el mundo globalizado y la aún inevitable bala invertida con entropía al estilo Tenet de la limitación logística al acceso presencial y digital de los museos. El futuro del arte no es cosmopolita ni Estatal, a lo sumo, una polis griega o una mancomunidad limitan, por extensión territorial, el carácter público necesario del arte para subsistir como autónomo.



[1] Steyerl, H., Arte Duty-free. El arte en la era de la guerra civil planetaria. (2018) P.14

 

[2] Steyerl, (2018), P.119

El eterno retorno es una agenda, no un calendario

Dadas las constantes críticas y interpretaciones erróneas de la idea del eterno retorno de Nietzsche, es necesario refrescar esta teoría mediante una revisión crítica que la defienda de las objeciones de aquellos intelectuales que intentan desestimarla por su credibilidad más que por su valor ético.

En este ensayo defenderé la propuesta de Nietzsche del eterno retorno comparándola con las teorías del eterno retorno de otros autores. Una vez explicada la teoría de Nietzsche, rebatiré las críticas de grandes pensadores como Borges y la compararé con una idea hipotética del eterno retorno en Schopenhauer. Para esta defensa, me basaré en las ideas de Heidegger para dar una interpretación moral a esta doctrina filosófica. La conclusión no será una defensa de la veracidad metafísica del eterno retorno, sino una defensa de su carácter moral, lo que servirá para demostrar su justificación filosófica.

La danza (1909), Mattise.



EL ETERNO RETORNO DE NIETZCHE

Para introducir el concepto del eterno retorno, es necesario recurrir principalmente a dos de las obras más famosas de Nietzsche: La Gaya Ciencia y Así habló Zaratustra. En la primera de estas obras, se nos introduce sutilmente a esta idea a través de un pasaje en el que menciona cómo se nos aparece un demonio y asume que nuestra vida, tal como la hemos vivido, la viviremos eternamente de la misma manera, repitiendo cada detalle, incluidos nuestros pensamientos.

Esto en sí mismo constituye una proposición metafísica sobre la concepción lineal del tiempo; sin embargo, el pasaje del demonio no termina ahí, sino que concluye de la siguiente manera:

¿No te arrojarías al suelo, rechinarías los dientes y maldecirías al demonio que así habló? ¿O has experimentado un momento tremendo en el que le habrías respondido: «Eres un dios y nunca he oído nada más divino»? Si este pensamiento se apoderara de ti, te transformaría tal como eres, o quizás te aplastaría. (…) «¿Deseas esto una vez más, e innumerables veces más?»

Lo que Nietzsche añade con este matiz a la hasta entonces metafísica teoría del eterno retorno es una dimensión enteramente ética. El «demonio» no solo sugiere un caso hipotético de repetición de la vida, como ya ocurría en el «principio del ritmo» del mítico Hermes Trimegisto en el Kybalion, sino que interpela a su interlocutor, invitándolo a reflexionar sobre cómo actuaría si sus días se repitieran eternamente de la misma manera. Le ofrece dos posibilidades: condenarse a repetir los mismos actos durante toda su existencia con el pesar de saber que siempre ocurrirá de la misma manera, o intentar usar esta información en su beneficio y actuar de tal manera que desee que el siguiente ciclo de repetición ocurra para seguir actuando de la mejor manera posible, de la que pueda enorgullecerse.

Tras subrayar este elemento de proposición ética en el eterno retorno de Nietzsche, procedemos a la obra en la que se dedica más extensamente a este concepto: Así hablo Zaratustra. De esta obra se extraen las dos interpretaciones principales del eterno retorno de Nietzsche: la cosmológica y la ética (que defenderé como la verdadera interpretación). En el pasaje «Sobre la visión y el enigma», Zaratustra presenta el eterno retorno como una visión y algo enigmático que implica no solo ser experimentado, sino también interpretado. Así, apela a los marineros para un dilema cósmico y existencial:

A ustedes, audaces buscadores, investigadores, y a quienes se lanzan a mares terribles con astutas velas; a ustedes, los ebrios de enigmas, los felices en el crepúsculo cuyas almas son atraídas por flautas a cada vorágine: porque no quieren sondear un hilo con manos cobardes; y porque donde pueden adivinar, allí odian deducir; solo a ustedes les cuento el enigma que vi: la visión del más solitario.

Zaratustra camina entonces por un sendero pedregoso donde habla con un enano hasta llegar a una puerta que abre dos eternidades en dos caminos, que se unen en el mismo punto; el nombre "instante" aparece en la puerta. Por "instante", Augenblick en alemán (parpadeo), se refiere a un diminuto destello de tiempo, no al presente como tal, sino a un movimiento privilegiado en el que se da una visión fundamental. El enano dice que el tiempo mismo es un círculo, a lo que Zaratustra responde que no debe entenderlo como un círculo, pues el instante ya ha existido una vez e infinitas veces; la repetición es absoluta en cada mínimo detalle. Cada cosa que se repite habría sucedido infinitas veces y volvería a suceder así. Después de estos sucesos, un perro aúlla, y Zaratustra recuerda haberlo oído aullar de niño. De repente, ya no existían ni el enano, ni el sendero de piedra, ni la puerta; solo había un pastor con una espina negra. De repente, ya no existían el enano, ni el camino de piedra, ni la puerta; solo había un pastor con una serpiente negra saliendo de su boca y asfixiándolo (símbolo del eterno retorno, Ouroboros). Zaratustra reacciona intentando arrebatarle la serpiente al pastor, mientras este la muerde.

En esta historia, el pastor y el enano son proyecciones de Zaratustra, a quien este le pide que resuelva esta enigmática visión. Lo cierto es que el eterno retorno es una idea abismal, que nos lleva a soportar y soportar los sufrimientos que nos llevan a aceptar la afirmación de la vida, así como al superar una enfermedad se alcanza la salud. Nietzsche describe el eterno retorno como una prueba que debemos superar para aceptar la vida, por lo que el pastor finalmente mordió a la serpiente y escupió la cabeza.

Ese pastor que emerge del mal trago de la serpiente, se levanta y ríe, ya no es un hombre ni un animal; es el hombre transfigurado, el hombre que soporta vivir y morir con anhelo; es el superhombre.

Asimismo, el eterno retorno no es una concepción circular del tiempo; el anillo, el círculo, la serpiente, se mencionan en esta historia como «lo que se da en el tiempo», pero no en el mismo tiempo; el círculo no se predica del tiempo, sino de lo que se da en el tiempo; por lo tanto, el eterno retorno no puede ser una concepción circular del tiempo, como muchos creen. El tiempo es real e infinito, pero el tiempo, a diferencia del espacio, otorga la condición de realidad, siendo el espacio producto de la interacción de fuerzas; pero con el tiempo esto no ocurrió; el tiempo es infinito y trascendental. Lo que se da en el tiempo, la totalidad de todo lo que es (en palabras de Heidegger), en forma de devenir y voluntad de poder, es finito e inmanente. Finito porque no puede crecer indefinidamente, el universo es una totalidad limitada, e inmanente porque no acepta fin ni meta, ya que el devenir no tiene meta más allá de sí mismo. El tiempo no puede cancelarse, por lo que el devenir no puede tener fin. Así, el devenir debe retornar una y otra vez bajo el horizonte de un infinito, pues el tiempo no tiene principio ni fin. En este sentido, el tiempo es eterno en todos los sentidos. Es una línea absurda porque no puede representarse hasta un fin. La concepción del tiempo contenida en el eterno retorno es lineal, en consonancia con las escatologías judeocristianas; la diferencia radica en que la línea, en este caso, no está orientada hacia ningún escatón ni teleología. La concepción es lineal, pero es absurda porque no tiene principio ni fin, no es un vector hacia ningún fin. Por lo tanto, todo lo que es ya ha sido y todo lo que será ya ha sido, de tal manera que todo lo que es será y todo lo que será ya ha sido, y así sucesivamente. El anillo, el círculo, es la circularidad de lo existente, pero no del tiempo, que lo contiene. En Ecce Homo comenta esta visión, que tiene en 1881, diciendo: "esta vida, tal como la vives, tendrás que vivirla una y otra vez, pero sin poder cambiar nada; todo en la misma situación e igualmente todo".

Zaratustra les cuenta esto a los marineros de forma enigmática. En primer lugar, tenemos el diálogo con el enano. El enano representa el espíritu de la pesadez, aquel que no soporta la mala píldora, la horrible realidad del eterno retorno. El enano susurra palabras devastadoras a Zaratustra que lo incitan a los peores males: la compasión y la renuncia. En el libro IV, Nietzsche habla con el adivino Schopenhauer, quien dice «todo ha sido, todo fue, nada tiene sentido», induciendo ya a Zaratustra a la compasión. Lo que Zaratustra enseña al enano es la suprema y necesaria repetición de las cosas tal como son. Lo que el enano teme del eterno retorno es la realidad de que las cosas son como son y nunca han sido ni dejarán de ser así.

Lo que se esconde en el sentido existencial de esto, lo que el enano no puede soportar, es que nadie lo compensará por su malformación, por sus incapacidades, males, pecados... El enano siempre será un enano, mil veces más, y por lo tanto nunca habrá posibilidad de retribución ni salvación. Los últimos no serán los primeros en el paraíso. La esperanza de que podamos ser de otra manera, la esperanza que acompaña a la vida, nunca podrá darse. No hay esperanza de que podamos ser de otra manera. Lo que el eterno retorno nos revela es nuestra vida tal como es, sin esperanzas posibles, sin rumbo hacia adelante ni hacia atrás, hacia el pasado o el futuro. Y esto puede ser lo que nos lleva a no aceptar la vida o a morder el eterno retorno, romperle la cabeza y emerger como algo nuevo. Por mucho que apelemos a una voluntad creativa, esta tiene que repetirse; entonces, ¿qué sentido tiene apelar a la voluntad de poder como voluntad creativa? En última instancia, no es un retorno mecánico y absoluto, no es una repetición absoluta e incondicional. Lo que Zaratustra le enseña al enano es la repetición como la forma suprema de la necesidad que arrastra y anega todo. ¿Dónde, entonces, dejamos la voluntad de poder?

La voluntad de poder aparece en la segunda parte. Solo quienes ya han experimentado el horror del eterno retorno pueden superarlo. Una vez experimentado y asumido el terrible pero liberador significado de este concepto, el sentido del mundo y de la vida cambia por completo. El instante es el momento supremo de la decisión, el momento privilegiado en el que se produce la transformación. Incorporar el eterno retorno en su totalidad es la decisión que se toma, y ​​se toma porque es posible. Para sustentar este pensamiento se requiere una gran disponibilidad de fuerzas vitales; no todos pueden amar el eterno retorno. Zaratustra es quien puede, a pesar de padecer la enfermedad de todo ser humano, y goza de una constitución sana que alcanza una gran salud. Para alcanzar la gran salud, hay que superar la enfermedad. Cuando hace suya la visión del eterno retorno, solo entonces Zaratustra se convierte en Dioniso, y la condición de la vida cobra sentido en la expresión del amor fatuo, en no querer que nada sea diferente en el pasado, en el futuro ni en la eternidad.

LA POSIBLE "ETERNA RECURRENCIA" DE SCHOPENHAUER
Es cierto que Schopenhauer, ante la idea de repetir la vida, se sentiría insatisfecho:
Pero quizás al final de su vida, ningún hombre, si es sincero y al mismo tiempo está en posesión de sus facultades, desee volver a pasar por eso. En lugar de esto, preferirá con mucho elegir la inexistencia completa. Y: «Si tocáramos en las tumbas y preguntáramos a los muertos si desean resucitar, menearían la cabeza».
Sin embargo, si bien en este pasaje niega la idea de repetir la misma vida, lo que niega es la idea de revivir como una elección. Sin embargo, el ejemplo de la Gaya Ciencia no deja otra opción que repetir la vida; el margen de libertad reside en cómo se desea vivirla a partir de entonces, a lo que Schopenhauer reaccionaría, al menos, como reacciona ante la idea de vivir una sola vida, buscando la salvación del sufrimiento y el dolor que caracterizan la vida en el arte (específicamente en la música), de forma ascética, sin caprichos banales. La contemplación del arte nos ayuda a experimentar lo sublime y lo bello, y a liberarnos de subjetividades y deseos. Este es conocimiento puro y viene en dos formas a través de la separación de la conciencia individual de la voluntad individual: la percepción estética (camino accesible por, por ejemplo, piezas de música), que es efímera (a menos que seas músico o historiador del arte), escapa al sujeto porque pone el objeto por encima de sí mismo, silencia su conciencia, se centra en la aplicación de la razón suficiente y abandona las distracciones producidas por otros deseos y apetitos, es un pasaje de la conciencia biológica a un estado superior de conciencia que nos convierte en un puro sujeto de conocimiento, alcanzamos la forma del objeto (como en las ideas platónicas, por ejemplo, la idea del amor, de la tristeza, de la locura, etc.). Son formas de objetos, por eso escuchar música es como ver el reflejo en el espejo de la idea del amor, de la tristeza, de la locura, etc.); y el misticismo, que es un camino hacia la salvación permanente.

Sin embargo, también es posible una lectura a favor de la idea del eterno retorno en Schopenhauer. Para Schopenhauer, la conciencia, ligada al cuerpo, muere con él; sin embargo, cada individuo posee un componente eterno, que es aquello en lo que el individuo nunca se convierte, pero que a su vez es aquello que se convierte en el individuo, es decir, la voluntad. De esta idea, se puede inferir que hay algo transitorio, sí, un individuo, pero que al mismo tiempo tiene algo que no desaparece, algo eterno. La muerte del individuo es su desaparición, pero solo en cierta manera, porque su verdadera naturaleza está fuera, pues su esencia es eterna y universal: su voluntad. Pero esto no es una teoría para consolarnos por nuestra muerte como individuos, sino una catarsis, para deshacernos del individuo para alcanzar lo universal; es reconocer que el miedo a la muerte es el miedo a perder el presente, pero como este presente no tiene valor, solo podemos reafirmar la vida de esta manera, mediante una voluntad imperecedera.

EL ETERNO RETORNO DE BORGES

En el caso de Borges, encontrar una teoría del eterno retorno podría resultar algo difícil; sin embargo, lo que sí es posible es un arquetipo de la poética borgeana al considerar la existencia de un tiempo circular sin exterior. En la obra de Borges, podemos observar momentos en los que los arquetipos se mueven de forma poética: cada hombre es el hombre como especie, y en cada uno de ellos se alberga una dimensión irreductible de toda la eternidad.

En esta poética, el tiempo se muestra como un laberinto sin salida. Dios, por supuesto, entraría en él tras haberlo construido desde dentro de ese mundo, tal como en el mito de Dédalo e Ícaro. Es una posibilidad de tiempo ilimitado, un sinfín de realidades. En términos de esta poética, el mundo está lleno de arquetipos, metáforas e infinitas representaciones, y la eternidad temporal solo la fija la mirada del poeta. En un mundo donde todo se repite dada la materia limitada que lo compone y donde el tiempo, por el contrario, es ilimitado, el hombre se convierte en todos los hombres, la especie en un espécimen.

Sin embargo, Borges objeta el eterno retorno de Nietzsche. Se basa en la suposición de que, según la concepción nietzscheana del tiempo, las posibilidades son inconmensurables pero finitas, por lo que ocurren en un tiempo infinito y se repiten eternamente. Borges reduce este argumento al absurdo y afirma que:

Imaginemos un universo frugal, compuesto de diez átomos (este es, por supuesto, un universo experimental modesto: invisible, pues no se percibe con microscopios; imponderable, pues ninguna balanza lo apreciaría). Postulemos también —siempre de acuerdo con la conjetura de Nietzsche— que el número de cambios en este universo es el número de formas en que se presentan. ¿Cuántos estados diferentes puede conocer este mundo antes del eterno retorno? La pregunta es sencilla: basta con multiplicar 1*2*3*4*5*6*7*8*9*10, una operación sencilla que nos da la cifra de 3.628.800. Si una partícula casi infinitesimal del universo es capaz de tal variedad, tendríamos poca o ninguna fe en la monotonía del cosmos.

El problema con esta refutación es que se basa en un número de permutaciones del mundo en un tiempo infinito que deja sólo una posibilidad computable en cero, cuando el número de permutaciones que Nietzsche necesita para explicar su universo es casi infinitamente mayor.

CONCLUSIÓN

Si bien se ha escrito mucho sobre el eterno retorno desde la perspectiva de Nietzsche, pocos se han atrevido a atacarlo u ofrecer una alternativa. En este artículo, se presenta una visión más compleja del eterno retorno, que abarca tanto las posibles nuevas posturas como las desventajas que algunos pensadores presentan con la teoría de Nietzsche. El principal problema de estas críticas radica en la errónea interpretación de su teoría como una perspectiva cosmológica en lugar de una ética. Lo único claro por ahora es que el debate sobre el eterno retorno continuará repitiéndose y desarrollándose una y otra vez con el tiempo.

BIBLIOGRAFÍA

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Diorio, P.D. (s.f.). El eterno retorno: Génesis e interpretación*. [en línea] Disponible en: http://www.nietzschecircle.com/Pdf/Diorio_Chouraqui-FINAL_APRIL_2011.pdf [Consultado el 8 de abril de 2022].

Nietzsche, Friedrich Wilhelm (2011). El nacimiento de la tragedia. Huellas.

Schopenhauer, A. y Payne, E.F.J. (1966). El mundo como voluntad y representación. Nueva York: Dover Publications, Estados Unidos.


Breve ensayo crítico sobre la distinción de John Stuart Mill entre placeres superiores e inferiores

Existen algunas inconsistencias en la distinción que hace John Stuart Mill entre placeres superiores e inferiores en su teoría utilitarista. El objetivo de este ensayo no es desmontar la propuesta moral de Mill, sino reforzarla mediante algunos matices. Para ello, se pondrán de manifiesto una serie de inconsistencias, como un error de base dualista en su distinción de los placeres y un esbozo de desprecio por la dignidad animal que denota la marginación de ciertos agentes dentro de la comunidad moral. Frente a estas incoherencias, se plantearán sugerencias para hacer de esta teoría moral una idea más inclusiva y atractiva.


El placer gastronómico (inferior para los puritanos) se revela como un arte sublime (superior), capaz de redimir y conmover. "El festín de Babette", fotografía de Henning Kristiansen.



LA TESIS DE MILL

Antes de traer a colación mis aportaciones a la teoría utilitarista de Mill, conviene presentar el punto en el que nos vamos a centrar para reforzarla: su distinción entre placeres superiores y placeres inferiores.

En el capítulo segundo de su obra Utilitarismo (1863), Mill establece un conocido criterio ético según el cual las acciones son buenas en la medida en que tienden a promover la felicidad o malas si producen lo contrario de la felicidad, entendiendo por felicidad el placer y por infelicidad el dolor o la falta de placer.

Así, antes de actuar, debemos preguntarnos qué acción resultará en mayor felicidad para todos los que se vean afectados por ella, promoviendo siempre la vida alegre y feliz. Sin embargo, dado que este modo de vida puede parecer más propio de los animales salvajes que de los humanos civilizados, Mill prevé esta objeción a la que apela como «Objeción de la Doctrina de los Cerdos» añadiendo a su utilitarismo un sesgo cualitativo y no sólo cuantitativo, es decir, que no sólo debemos tomar decisiones en función de la cantidad de placer que proporcionan nuestras acciones sino también del tipo, que puede ser: un placer superior, que depende de capacidades distintivamente humanas como el pensamiento racional, la autoconciencia o el uso del lenguaje; o un placer inferior, que son los placeres físicos, que requieren sensibilidad y corporeidad y son más fugaces. Así, para Mill, los placeres intelectuales serían preferibles a los físicos, ya que ningún hombre sabio querría ser ignorante aunque fuera más fácil ser feliz si lo fuera.

REVISIÓN CRÍTICA DE LA TESIS DE MILL: ERROR DE BASE DUALISTA Y DESPRECIO ESPECISTA

Una vez expuesta la distinción de Mill entre los placeres, procedo a señalar las incoherencias en la distinción que hace Mill entre placeres superiores e inferiores, pues no sólo supone que hay unos placeres superiores a otros, sino que analiza por separado los placeres corporales y los intelectuales.

Lo cierto es que la naturaleza de estos dos problemas de Mill es heredera de una tradición que se remonta al auriga de Platón y cuyos ecos resuenan en la glándula pineal cartesiana, es decir, es un problema de una concepción antropológica dualista y antropocéntrica que ha caducado en nuestros días.

Por un lado, el problema de la presupuesta concepción dualista de mente y cuerpo de Mill ha llevado a un debate sobre los distintos tipos de placer basado en la idea de que las personas somos cuerpo y alma y que a partir de ahí podemos apreciar unos placeres corporales y otros espirituales, cuando lo cierto es que la ciencia lleva años adelantando estudios que demuestran el efecto que las hormonas tienen sobre nuestros pensamientos, Lo que en Platón era un auriga controlando los caballos de las pasiones y en Descartes un órgano que conectaba lo material con lo inmaterial, ahora es serotonina, adrenalina o dopamina saltando de una neurona a otra.

Para demostrar este error de base dualista y su correspondiente carácter antropocéntrico, propongo el siguiente ejemplo: siguiendo la idea de los placeres inferiores, comer sería uno de los más reconocibles. Dado que el placer de comer es común a todos los animales con sentido del gusto, podemos aceptar que los humanos y los animales no comen de la misma manera, ya que los animales se alimentan por sí mismos pero los humanos cocinan e incluso tienen una ética sobre la alimentación y la ecología o las dietas, y cocinar requiere el mismo esfuerzo intelectual que cualquier placer superior. Y esto no sólo ocurre con la comida, sino también con otros placeres considerados inferiores, como el sexo, para el que también existen códigos éticos y sociales más complejos que el cortejo que han dado lugar a la formación de géneros e incluso a un arte del sexo (por ejemplo, el Kama Sutra o el cine erótico).

Esto demuestra que la razón humana ha transformado los impulsos placenteros en actividades intelectuales que proporcionan un mayor disfrute y no tanto que haya placeres superiores o inferiores. Lo que hace que un placer sea superior es, por un lado, la cantidad y, por otro, la forma de hacerlo, el «cómo» pero no el «qué». Por tanto, todos los placeres están al mismo nivel, pero la forma de experimentarlos los hace diferentes.

Por otra parte, esta segregación entre los placeres animales y humanos conduce a la exclusión de otros animales de las comunidades morales. Esto se debe a la asociación del placer superior con el humano y del placer inferior con el animal, cuando lo cierto es que, aunque humanos y animales no siempre comparten facultades que proporcionan placeres como el pensamiento simbólico que genera el arte, los animales sí se benefician placenteramente de los resultados de nuestras facultades. Es el caso de los primates que se ríen de los trucos de magia o de los peces que distinguen entre Bach y Stravinsky.

Así que, sí, hay una cierta dependencia de este disfrute animal de nuestras facultades condicionada por sus capacidades intelectuales, pero no porque sean incapaces de disfrutar de ellas sino porque no se desarrollan artísticamente (aunque también hay animales artísticos como el pájaro arco macho que hace nidos a su gusto para el cortejo de la hembra o elefantes como Boon Mee capaces de pintar objetos reales). Los demás animales, a su vez, experimentan los mismos placeres que nosotros a través de las mismas vivencias, del mismo modo que un humano incapaz de cocinar, pintar o componer música sigue disfrutando de esos placeres. Lo único que realmente puede parecer diferente es el grado o la cantidad de placer, ya que, como he explicado antes, el enriquecimiento y la autorrealización que se obtienen del placer sólo difieren en los niveles de intensidad y en la particularidad de cómo se disfruta de esa experiencia (que producirá un tipo de hormona u otro o afectará a una parte del cerebro u otra), pero el placer intelectual es tan físico como cualquier otro, en la medida en que está causado por la misma razón, una hormona, algo tan físico como mental, siendo la misma cosa pero interpretada de diferentes maneras.

CONCLUSIÓN

Aunque el utilitarismo ha conseguido establecerse como una posible teoría moral completa con respuesta a multitud de problemas morales, existen en él algunos desajustes que pueden solucionarse mediante ciertas correcciones como el problema cualitativo (que lo asemeja más al de Bentham) o mediante la eliminación del prejuicio sobre la ignorancia de los animales. Estas imprecisiones de Mill, sin embargo, no desmontan su teoría, pero sí la hacen susceptible de ciertas objeciones evitables, como un cierto grado de antropocentrismo o una falta de criterios para diferenciar los placeres que Mill no consideró, pero que, con los respectivos añadidos que he aportado más arriba, podrían hacer del utilitarismo una teoría aún más resistente.


BIBLIOGRAFÍA

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¿Justifica la teoría moral de Kant sus opiniones sobre la mentira?




Guido teatralizando su ejecución en "La vida es bella", fotografía de Tonino Delli Colli

Con el fin de entender la propuesta de Kant del deber de no mentir como ejemplo de una regla moral absoluta, es preciso contextualizar el origen de tal sugerencia en su célebre Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785). Para ello, se requiere previamente de la explicación de una serie de términos en esta obra presentas como el de máxima, ley universal y, finalmente, imperativo categórico.

En primer lugar, la máxima es el principio subjetivo de la acción, es decir, tanto lo que se va a hacer (intención) como el fin que se quiere alcanzar (razón de la acción). Contiene los motivos y circunstancias por las que se hace algo. La máxima de una acción moralmente buena es una máxima válida para todos los seres racionales y se rige por el principio de no contradicción: dos afirmaciones contradictorias no pueden ser verdaderas y falsas a la vez, si una es verdadera, la otra debe ser falsa. Asimismo, para ser máximas moralmente buenas, el motivo de su realización tiene que ser el deber de hacerla, por lo que si entre la inclinación para realizarla hay razones interesadas, no existe valor moral.

Ahora bien, para obrar moralmente debemos comprobar si queremos que nuestra máxima disponga de validez universal, esto es, si algún otro pudiera desear también que dicha máxima pudiera ser adoptada por cualquiera en cualquier circunstancia. En esto consiste la ley universal.

Por ultimo, el imperativo categórico es un imperativo moral, es decir, prescribe leyes morales y lo hace de forma obligada porque somos seres racionales. Dada su obligación para los seres racionales, son de un carácter universal e incondicional, no admiten excepciones. Existen al menos tres formulaciones de este imperativo, aunque de aquí en adelante solo será relevante la primera de ellas: «Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal».

Una vez aclarada la teoría moral, Kant rechaza la mentira como algo moralmente correcto porque descarta la posibilidad de que querer mentir se convierta en una ley universal, pues si todas las personas mintieran a partir de una ley universal, nadie podría creer en lo que el otro dice, ya que la eficacia de una mentira depende de la confianza del que va a ser engañado. «Convierto, pues, la exigencia del amor propio en una ley universal y planteo la siguiente pregunta: ¿cómo sería si mi máxima se convirtiera en una ley universal? Entonces veo de inmediato que nunca podría sostenerse como una ley universal de la naturaleza y ser consistente consigo misma, sino que necesariamente debe contradecirse a sí misma. En efecto, la universalidad de una ley según la cual cada uno, cuando se cree necesitado, puede prometer lo que le plazca con la intención de no cumplirlo, haría imposible la promesa y el fin que uno pudiera tener en ella misma, puesto que nadie creería lo que se le promete, sino que se reiría de todas esas expresiones como vanas pretensiones (Kant, I., Gregor, M.J. and Timmermann, J. (2012). Groundwork of the metaphysics of morals. Cambridge: Cambridge University Press. Traducción de Alberto Trives). En otras palabras, bajo la lógica del imperativo categórico, el acto de mentir implica la existencia de una regla tal que la mentira sea permisible, pero la propia existencia de esta regla se contradice con la utilidad de la mentira porque la confianza se ve anulada por esta misma regla y nadie mentiría porque nadie creería en las propias mentiras al saber que son mentira a priori.

Sin embargo, esta idea del deber de no mentir tal y como la formuló Kant, aparentemente no resulta del todo convincente. Entre sus críticos se hallan la filósofa Elizabeth Anscombe, e incluso, de forma anacrónica e indirecta, Platón (se trata en este caso de la interpretación personal de una idea de Platón en referencia al tema explorado en el presente trabajo. Esto es, no constituye, como cabe esperar de su anacronía, una respuesta directa a Kant como en el caso de Anscombe sino de una recreación artificial).

La primera postura a destacar en el presente trabajo es la de Anscombe, que achaca a Kant que no tuvo en cuenta la posibilidad de que no mentir no fuera una regla estrictamente universal, y es que, mentir es una acción tan excepcional que, en ocasiones extremas, puede llevarse a cabo con el único fin de salvar una vida. Bajo esta premisa, Anscombe presenta que, en un caso hipotético, se plantee la posibilidad de que un asesino se encuentre persiguiendo a un individuo que, en su huida del asesino, opta por pedirnos nuestro hogar como escondite, a lo cual accedemos. El asesino, en su búsqueda nos pregunta si conocemos la ubicación del individuo al que persigue o hacia dónde se dirige; ante lo cual podemos escoger entre revelar la ubicación del individuo a su perseguidor o mentirle para evitar su asesinato. Frente a esta situación, cuando los críticos de sus tiempos le plantearon esta posibilidad a Kant, este respondió en un ensayo titulado On a Supposed Right to Lie because of Philanthropic Concerns (1797), que la mentira sigue siendo innecesaria porque en caso de mentir al asesino y darle indicaciones inventadas sobre la ubicación de su objetivo, podríamos proporcionarle igualmente la información correcta en caso de que el sujeto perseguido decidiera emprender un plan de huida a nuestras espaldas mientras le dábamos cobijo y el asesino le descubriera para sorpresa de este gracias a nuestras indicaciones a pesar de nuestra intención contraria a que esto sucediese[1]. De este modo, para Kant, nuestras intenciones desde la mentira pueden ser ajenas a los resultados de las mismas y, por tanto, son innecesarias, en otras palabras, dado que cuenta más la intención que los resultados de nuestras acciones y los resultados de nuestras acciones no siempre coinciden con nuestra voluntad, debemos dar más importancia a nuestras máximas y, por ello, decir la verdad. No obstante, lo que parece no tener en cuenta es que, en caso de que las acciones sean indiferentes de los resultados de nuestras acciones, el simple hecho de elaborar una ética quedaría obsoleto, pues no serviría de nada planificar las acciones según nuestra intención si los resultados son impredecibles, sea desde la mentira o desde la honestidad.

Es más, el argumento de Kant se basa en una creencia pesimista en ningún momento justificada sobre lo que podemos saber en el que, si bien somos responsables de las posibles consecuencias negativas de nuestra mentira, no somos moralmente responsables de las consecuencias negativas de decir la verdad. Tal y como dice J. Rachels en Introducción a la Filosofía Moral (2003): “Supongamos, como resultado de que decimos la verdad, que el asesino encuentra a su víctima y la mata. Kant parece suponer que no tendríamos ninguna culpa. Pero, ¿podemos librarnos de esta responsabilidad tan fácilmente? Después de todo, ayudamos al asesino. Este argumento, entonces, no es muy convincente”, reflejando así, una vez más, cierto desinterés de Kant por diferenciar entre distintos tipos de mentiras, sean mentiras nobles como las que velan por la seguridad de las personas o sean mentiras codiciosas y egoístas.

La segunda postura contraria al deber de no mentir en el presente trabajo, la protagoniza Platón. Respecto a este asunto, Platón escribió en el Libro III de La República acerca del mito de la Noble Mentira: «Vosotros, que sois todos parte del Estado, vosotros, les diré continuando la ficción, sois hermanos; pero el dios, que nos ha formado, ha hecho entrar el oro en la composición de aquellos que están destinados a gobernar a los demás, y así son los más preciosos. Mezcló plata en la formación de los guerreros, y hierro y bronce en la de los labradores y demás artesanos. Como tenéis todos un origen común, tendréis por lo ordinario hijos que se os parezcan; pero podrá suceder que un ciudadano de la raza de oro tenga un hijo de la raza de plata, que otro de la raza de plata dé a luz un hijo de la raza de oro, y que lo mismo suceda respecto a las demás razas». (Platón, La República III. Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 7, Madrid 1872).  La Noble Mentira es, pues, la que se relaciona directamente con el tipo de engaño que los políticos urden con el fin de mantener el orden. En este pasaje, el político se encarga de brindar falsas esperanzas a los ciudadanos de las polis acerca de que es posible escalar de clase social a través de la descendencia, siendo esto en realidad una manera de afianzarse la lealtad y el trabajo presentes del pueblo que deposita las esperanzas en el futuro de sus descendientes que conservarán para entonces las mismas esperanzas que sus antepasados invirtieron en ellos.

Es particularmente impactante en el caso de un pensador como Platón, que defendió a capa y escudo la importancia de la verdad en el debate frente a los sofistas[2], la justificación de crear mentiras de este tipo (aunque el objetivo sea, según el propio Platón, un bien mayor) puesto que son este tipo de mentiras las que justifican condenas a muerte como la de Sócrates, maestro de Platón, cuya muerte desencadenó en él la repulsa por la Atenas de su época y la imperiosa necesidad de encontrar un sistema político justo para la polis griega. Si bien las mentiras parecen de incuestionable eficacia para obtener el control de la sociedad y, por tanto, necesarias para Platón en una polis moralmente justa, al mismo tiempo resultan una peligrosa arma de doble filo que puede desembocar en la “creación de nueva verdad”, es decir, mentiras que se presentan como la única verdad posible por parte de un gobierno que, en el peor de los casos, buscará proteger los intereses de sus integrantes antes que los de los gobernados por medio de estas argucias. Es aquí donde asoman la cabeza sistemas políticos similares como los que se desarrollaron en la práctica más de dos mil años más tarde como el despotismo ilustrado en Europa, cuyo lema: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, se dejaba entrever ya en La República.

No obstante, cabe recalcar que Kant, si bien es de las pocas voces que se han atrevido a alzarse contra la mentira desde una argumentación compleja que no se basa únicamente en aspectos de amplia subjetividad como cierto sentimiento negativo que se experimenta al ejercer manipulación o la identificación de la mentira con un pecado (algo común en las argumentaciones medievales occidentales contra la mentira como la de San Agustín en Contra Mendacium ad Consentium (ca 420): «Puesto que Dios es la verdad, mentir es un pecado y al omitir la verdad se omite a Dios»), no es la única. Entre otros, anteriormente a él, lo hizo John Locke en Some Thoughts Concerning Education (1693), donde expone que durante la formación de los caballeros[3] es importante prevenirles que la mentira es algo que sitúa al hombre en “la bellaquería”, se trata de un acto que “rebaja al caballero a lo más infame”, para lo que esgrime como razón que la mentira es propia de los “hombres privados de libertad. Por una parte, es cierto que su propósito con estas alegaciones no era otro que fomentar la educación clasista de la sociedad inglesa del siglo XVII, donde el hombre se movía entre la nobleza, vista como sincera y pulcra, y un pueblo llano en el que la mentira se requería para sobrevivir; aunque también es interesante cómo, según esta reflexión, la mentira se originaría desde la dependencia del hombre que no es libre y solo los hombres libres vivirían conforme a la verdad.

Ahora que queda expuesta una visión generalizada sobre la discusión acerca del deber de no mentir como regla moral, solo resta añadir una última aportación con la que se busca decantar la balanza de este debate. Y es que la mentira, como espero que haya quedado demostrado en esta investigación, es un medio para un fin, seguramente, de los más eficaces y, sin embargo, no por ello un medio justo. El fin no justifica los medios del mismo modo que la mentira no justifica la legitimización del poder político en las polis de Platón, ni el mantenimiento del orden social en las sociedades modernas, ni la manipulación socio-religiosa con el discurso del miedo del pecado.

Ahora bien, la mentira que vela por la seguridad de una persona, como la de aquel que esconde a una persona de su asesino, sí se justifica por sí misma, en tanto que el medio que utiliza, si bien no es deseable en general como una ley universal para nuestra moral, sí lo es en particular. Es decir, si bien el deber de no mentir es coherente con los requisitos de ley universal de la teoría moral kantiana, no está por ello justificada a no admitir excepciones. De hecho, hubiese sido plausible sugerir a Kant que, en lugar de cambiar todo su sistema ético, simplemente modificara la formulación de algunos de los ejemplos de ley universal que plantea, como el de no mentir, añadiendo algo así como “Obra sólo según aquella máxima por la cual al mismo tiempo puedas querer se convierta en ley universal siempre que esté garantizada tu seguridad y la de aquellos envueltos en tus acciones”.

 

Y de fondo a estos ejemplos se ubica la instrumentalización de la mentira y, a la vez, de la verdad. Resulta que mentira y verdad, por sí mismas, no poseen carga moral en tanto que mentir es ocultar la verdad y decir la verdad es no ocultarla; y, por consiguiente, es pertinente aclarar cuando mentir o ser honesto recibe tal carga.

La verdad, por mucho que a Kant le pese, no es necesariamente buena, pues a veces una dosis de mentira hace más bien que la verdad. El eterno duelo realidad-ficción aún no tiene un ganador anunciado, y si bien se desconoce si el duelo ha acabado, podemos decir que hace tiempo que arrancó: no son pocos los Edipo[4] que se arrancan los ojos antes que sufrir su inexorable destino, ni pocos los ancianos que prefieren vivir en el recuerdo demente que en el instante presente, ni pocos son los que tragarían “a palo seco” la pastilla azul de Morpheus antes que beber disuelta en néctar de ambrosía la pastilla roja[5]. Luego, el deber de no mentir no constituye por sí mismo una regla moral universal, sino en todo caso, una regla moral particular de un sistema ético determinado.

La mentira no es auténtica y puede usarse egoístamente, pero puede ser buena en tanto que se pondere según sus posibles efectos secundarios y, a veces, es incluso más agradable, mientras que la verdad por sí, al igual que la mentira por sí, no tiene nada de bueno más que aquello que saquemos e interpretemos bueno de ella.

 

BIBLIOGRAFÍA

Azcárate P., La República III. Platón, Obras completas, Madrid 1872.

Kant, I. (1996). Grounding for the metaphysics of morals : with on a supposed right to lie because of philanthropic concerns. Indianapolis: Hackett.

Kant, I. (2006). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Espasa Calpe.

‌Locke, J. (2013). Some thoughts concerning education. Theclassics Us.

Pérez Cortés S., La prohibición de mentir. Universidad de Guadalajara Guadalajara, México, 1996.

Rachels, J. (2008). Introducción a la filosofía moral. México, D.F.: Fondo De Cultura Económica.



[1] On a Supposed Right to Lie because of Philanthropic Concerns (1797): «Después de haber respondido sinceramente que sí a la pregunta del asesino, sobre si su perseguido se encontraba en tu casa, éste se haya marchado de manera inadvertida, de modo que el asesino no dé con él y, por tanto, no tenga lugar el crimen. Pero si has mentido y dicho que no está en tu casa y aquél se ha marchado realmente (aun no sabiéndolo tú), de suerte que el asesino le sorprende en la fuga y perpetra en él su crimen, puede acusársete a ti, con derecho, como originador de la muerte de aquél. Pues si tú hubieras dicho la verdad tal y como la sabías, acaso el asesino, mientras buscaba a su enemigo en tu casa, hubiera sido atrapado por los vecinos que acudieran corriendo, y el crimen se habría impedido».

[2] Los sofistas fueron maestros remunerados de oratoria y retórica en Atenas entre el s.VI-V a.C. enfrentados con Sócrates, Platón y otros filósofos que les acusaban de falta de compromiso con la verdad. Su enemistad llegó hasta el punto de llevar a Sócrates a juicio y condenarlo a muerte.

[3] Con “caballeros” se alude a sujetos moralmente formados.

[4] Oedipus Rex (429 b.C.). Edipo se arrancó los ojos para no ver la realidad cuando se entera de que para convertirse en rey de Tebas mató a su padre y se casó con su madre sin saberlo.

[5] The Matrix (1999). En esta película, el personaje Morpheus ofrece la oportunidad al protagonista de elegir vivir en una realidad simulada tragando una pastilla azul o salir de ella tragando una pastilla roja.

Vida entre renglones

 En Cómo se hace una novela (1927) Miguel de Unamuno convierte su obra en un tablero de juego en el que se realiza una autopsia de la novela unamuniana con el fin último de retar al lector a, por un lado, identificarse con U. Jugo de la Raza, su protagonista y alter ego, y, por otro, a convencerle de que toda novela y toda ficción son historias que se desprenden de la vida misma, “Sí, toda novela, toda obra de ficción, todo poema, cuando es vivo es autobiográfico. Todo ser de ficción, todo personaje poético que crea un autor hace parte del autor mismo. Y si éste pone en su poema un hombre de carne y hueso a quien ha conocido, es después de haberlo hecho suyo, parte de sí mismo[1].


Evan Rachel Wood, James Marsden, y Anthony Hopkins en el final de la primera temporada de "Westworld", fotografía de John P. Johnson / HBO


Unamuno frente a U. Jugo

Lo primero que cabe resaltar para analizar este escrito de Miguel de Unamuno es que, pese a su título aparentemente instructivo, no cabe esperar de este texto una guía propiamente elaborada con el fin de enseñar paso a paso a escribir novelas. Es más, contrariamente, Unamuno, coqueteando con la idea de un texto didáctico que ilustre en la elaboración de estos productos literarios complejos, lo que realmente busca es poner en juicio a quiénes tratan de encontrar consejos de escritura en ella, a los  que recurren a la teoría como fuente de aprendizaje cuando lo que sirve para este fin es la práctica. Escribir una novela supone el acto de escribirla y, además, vivirla, ya que todo personaje o historia que se crea es parte de su creador. De esta manera, la estructura de esta guía engañosa, de esta suerte de autopsia novelística unamuniana consiste en, por una parte, desgranar una lectura de todo el trabajo que ha realizado el anterior Unamuno desde la propia perspectiva del actual, una autolectura bajo la premisa de mostrar el proceso de escritura de novelas (metanovela); y, por otra parte, mostrar la creación de nuestras propias novelas a través de un personaje ficticio que no podía ser más real, una nueva identidad a la que llama U. Jugo de la Raza, como resultado de un juego de palabras con sus apellidos.

Una vez aclarado el título de este texto, lo siguiente es comprender qué motivación hay detrás de su realización. Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864-1936) comienza a escribir Cómo se hace una novela durante su exilio en París en 1924 y, cómo se verá más adelante, este suceso personal y el contexto histórico que lo acompañan serán de vital importancia para comprender la idea que hay detrás de esta obra y del pensamiento del bilbaíno. Por ello, es preciso esbozar en primer lugar el marco histórico y político en el que se ubica la vida del autor para posteriormente analizar en profundidad la obra que nos ocupa.

Como cabe esperar de la condición de exiliado de Unamuno que se describe al principio de la novela, este texto se halla profundamente influenciado por el contexto histórico de España en el final del siglo XIX y principios del siglo XX. Este Unamuno se sitúa en el marco histórico-político de La Restauración, un período en el que, durante 40 años, los partidos políticos conservador y liberal rotaban pacíficamente en el gobierno, lo que otorgaba una sensación de estabilidad intencionada. Sin embargo, estos partidos ejercían el caciquismo y falsificaban las elecciones mediante el pucherazo, por lo que no se podía considerar una democracia completa debido a la prevalencia del fraude electoral y el caciquismo. Al mismo tiempo, con la pérdida de las últimas colonias españolas, se avivó la llama surgida en la primera mitad del XIX del nacionalismo en España y comenzaron a tomar fuerza movimientos regionalistas e independentistas en Cataluña y, más tarde en el País Vasco, lo que propició cierta inestabilidad nacional. Asimismo, cubanos, puertorriqueños y filipinos pedían autonomía política, pero el gobierno nunca respondió a estas demandas. Además, estas colonias cercanas al territorio de Estados Unidos que, en ese momento ya suponía una potencia política incipiente, por lo que se propuso una compra, pero España se negó y Estados Unidos terminó declarándoles la guerra. Como resultado, España, siendo un país poco industrializado, fue fácilmente derrotada. Se firmó entonces el Tratado de Paris en 1898, junto con el Tratado germano-español, lo que significó el final del Imperio español y, consecuentemente, la más profunda decepción de los intelectuales españoles con la empresa política de su país, para la que empezaron a proponer una serie de ideas y reformas políticas y sociales que se encauzarían en una corriente de pensamiento conocida como regeneracionismo y a la que se sumaría Unamuno.

Este acontecimiento supuso una pérdida significativa para España de la que nace, y esto es importante para el futuro de Unamuno, un gran resentimiento militar contra el gobierno, además del descontento y la negativa de muchos integrantes del ejército español ante las guerras dado que gran parte de estos se tomaron de las reservas y de clases populares que, al contrario que las familias pudientes, no podían pagar el impuesto que les libraba de ser enviados al frente. La situación se agravaría pronto con la Guerra de Marruecos en la que, tras la pérdida de las colonias, Francia ofrecía a España el norte marroquí a cambio de su colaboración en la guerra, lo que algunos políticos vieron con buenos ojos para recuperar prestigio pero que terminaría en una guerra persistente y despiadada marcada por “la semana trágica”, cuando en 1909 el ejército sufre un ataque marroquí que les fuerza a mandar más tropas y que desemboca en huelgas de la CNT por toda España de trabajadores que se negaban a la guerra y que respondieron con violencia en las calles. El punto álgido de la guerra llega con el desastre de Annual en el que una operación militar mal organizada concluye con 13000 muertos en el bando español que hizo pedir responsables en España a través de una investigación que antes de llevarse a cabo se interrumpe con el golpe de estado de Primo de Rivera el 13 de septiembre de 1923 y que implicó una posterior dictadura del general de siete años de duración y apoyada por el monarca Alfonso XIII, a quien Unamuno tendría en muy mala consideración por este suceso, ya que Primo de Rivera impondría una dura dictadura que suprimió la libertad de prensa, de organización política, de reunión, etc. Pese a que el dictador acaba con la guerra de Marruecos y se gana la opinión del pueblo con un plan de obra pública, España se vio obligada a emitir una gran deuda que terminaría en el colapso económico y el descontento en las calles y las huelgas de estudiantes. Así pues, Unamuno se opondrá al régimen y será exiliado en Fuerteventura, mientras que en la península se produce un nuevo golpe de Estado que termina en la huida de Primo de Rivera a París.

En estos años de inestabilidad, el 20 de febrero de 1924, el Directorio Militar de Primo de Rivera condenaba a Unamuno al destierro a Fuerteventura contando con la aprobación del monarca y que también lo cesaba de su cargo de vicerrector en la Universidad de Salamanca y de decano de la Facultad de Filosofía y Letras, así como de su sueldo de catedrático. Se cree que el motivo principal de su exilio se debió a una carta publicada en Argentina con la que pretendía burlarse de Primo de Rivera y de Alfonso XIII y su régimen represor. Unamuno queda devastado por esta noticia y marcha a Fuerteventura, de la que no tardaría en huir hacia, primero París, donde su situación se convirtió en un escándalo público, lo que desencadenó en una crisis personal y la duda permanente sobre la honestidad de su postura y su fortaleza. Comenzó a darse cuenta de que la enseñanza moral que intentaba impartir a los demás con su rechazo al gobierno y sus críticas no estaba funcionando y su actitud se percibía como absurda por parte de los demás. Entonces se cuestionó si su forma de actuar era solo una farsa y se replanteó seriamente de qué servía esa actitud hasta que, tras marcharse a Hendaya, comienza a recibir homenajes en el País Vasco, desde donde se le hace saber que se ha convertido en un símbolo para los contrarios al régimen que buscaban libertad. Más tarde, con la caída de la dictadura, volvía a España en 1930.

Retomando la etapa parisina de Unamuno, a finales de 1924, como se indicaba anteriormente, Unamuno comienza a escribir el manuscrito original de Cómo hacer una novela, que sería custodiado por su amigo Jean Cassou, traducido y publicado más adelante junto al Retrato de Unamuno que añadiría su amigo. Por desgracia, el original, que llegó a manos de Auerbach para publicarlo al alemán, desapareció. Ya en 1927, tras la instalación de Unamuno en Hendaya, el profesor bilbaíno se planteó ampliar el original, pero cuando se entera de su desaparición, decide retraducirlo del francés y aprovechar para ampliarlo con el añadido de Cassou más un comentario que hace del mismo, otros tantos comentarios entre corchetes del original, una Continuación y dos añadidos que siguen el formato de diario, siendo esta última la edición que llega a nuestros días y la que se publicaría en 1927 en Buenos Aires, dada la censura prevalente en España que atrasaría su llegada hasta 1950 aunque pasada por la navaja de la censura franquista.

Con esta serie de pinceladas sobre el entorno en el que se produce Cómo se hace una novela, es posible ahora proceder con un enfoque más directo sobre la obra cómo tal y una serie de reflexiones que, como se anticipó al inicio de este trabajo, abarcarán ideas tales como el conflicto obra-escritor, la historicidad o el tiempo.

Para llegar a la primera de estas ideas, se debe comprender esta novela como la consecución de muchos recorridos sin un final vislumbrable, escribir una novela es también vivirla, se escribe vida, así es cómo se crea, tomando decisiones en un moverse continuo entre lo vivo: “¿Qué voy a hacer de mi Jugo de la Raza? Como esto que escrito, lector, es una novela verdadera, un poema verdadero, una creación, y consiste en decirte cómo se hace y no cómo se cuenta una novela, una vida histórica, no tengo por qué satisfacer tu interés folletinesco y frívolo. Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes de ella sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que satisfaga su curiosidad[2].  El lector al que Unamuno se dirige con esta obra no es otro que un lector crítico, un lector que cambia con la lectura, que “muere” al terminar un libro porque se convierte en un ser distinto o renovado, hasta ese punto llega el estrecho vínculo que une la literatura con la vida.

La novela y la vida se persiguen y se imitan, por eso, la novela no se puede “enseñar”, no existe algo así como una guía para aprender a escribir novelas porque no existen mecanismos que se puedan reproducir como en el funcionamiento de una imprenta, no es algo que se mueva perpetuamente hacia un punto predeterminado, sino que los humanos absorben la novela como algo orgánico, la vida no es mecánica, se vive desde la singularidad y lo espontáneo, no es todo previsible, es un choque constante de fuerzas y personas que devienen dialogando. En el caso de Unamuno, o los distintos Unamuno que hay en el tiempo, es en el que también conviven sus personajes consigo, a través de una memoria y una historia que viven en simbiosis.

Efectivamente, para Unamuno, poco importa el final, el futuro, él no escribe esta obra pensando en el lector que busque entretenerse con Jugo pendiente de qué enrevesada historia le deparará el futuro, y por eso, tampoco le importa demasiado el pasado, ya que, al final, aquello que alberga vida es solo el presente, pues en el momento en el que escribes una idea, lejos de inmortalizarla, cortas su movimiento, su progresión y su diálogo. Queda petrificada si acaso como una obra de arte conservada entre vitrinas en un museo de historia, todo lo que se escribe, muere en el papel, lo interesante, sin embargo, es cómo vuelven a la vida con su diálogo con el lector y también con la memoria, he aquí la demostración unamuniana de la eliminación de la barrera entre realidad y ficción, que se vuelven uno cuando la novela se incorpora en la vida.

De esta forma, la novela de Jugo, que es un alter ego de Miguel de Unamuno, no es sino un diálogo consigo mismo, y la historia de Jugo, es la propia vida de Unamuno, con el que comparte historia, con el que forma una misma conciencia y, en definitiva, compone un mismo organismo.

Concretamente, la novela de Jugo es “la historia de la angustia de un hombre provocada por el terrible descubrimiento de la llegada de una muerte ineludible en la historia o fuera de la historia”, esto es, lo que atormenta a Jugo es una misma certeza que comparte con Miguel de Unamuno pero también con el lector: “Héteme aquí ante estas blancas páginas -blancas como el negro porvenir: ¡terrible blancura!- buscando retener el tiempo que pasa, fijar el huidero hoy, eternizarme o inmortalizarme en fin, bien que eternidad e inmortalidad no sean una sola y misma cosa. Héteme aquí ante estas páginas blancas, mi porvenir, tratando de derramar mi vida a fin de continuar viviendo, de darme la vida, de arrancarme a la muerte de cada instante[3], la certeza de la muerte, la incertidumbre de cuándo y cómo llegará, de qué habrá escrito en las trágicas páginas blancas de un destino oscuro. A Jugo, por otra parte, le encantan las novelas y las lee porque vive hastiado al vivir en un hombre triste que no se ha hecho novela, de ahí que con su lectura busque escapar de su propio yo que le es desconocido y vivir en otros, aunque las novelas no permitan eso sino simplemente vivir.

La novela cuenta que Jugo encuentra una novela cuya lectura le mantiene pegado a ella desde el momento en que la encuentra en un paseo a la orilla del Sena en París (cabe recordar que aquí es donde se encontraba Unamuno exiliado y donde traslada su persona a través de su personaje). En ella, lee: “el lector que llegue al fin de esta dolorosa historia morirá conmigo”, lo que lo aterroriza y hace que ceje en la lectura del libro hasta que, al llegar a casa, sufre la más íntima congoja y piensa que se muere. De ahí que opte por no continuar leyendo la novela, algo que no podrá conseguir porque no puede vivir sin ella y que lo sumía en una dolorosa contradicción, continuar la lectura y arriesgarse a morir junto a su personaje o dejar de leerlo y, por ende, de vivirlo, de perder ese vínculo profundo que lo unía a su realidad. Finalmente, su dilema se resuelve en volver al Sena a hacerse con el libro y, al proseguir la lectura, tras verse nuevamente absorbido por el libro, se desmaya al reencontrarse con el pasaje anterior que lo atormentaba. Por lo que decide quemar el libro a fin de volver a descansar en paz, algo que, por supuesto, le tortura a la mañana siguiente mientras observa las cenizas del libro. Cuando al fin consigue calmarse, vuelve a la orilla del Sena obsesionado con el fin de la historia, pero ya no estaba ahí, así que resuelve comenzar un viaje lejos de París donde olvidaría la historia hasta que, por casualidad, vuelve a toparse en su viaje con otro ejemplar que le hace volver a París para terminar el libro, volviendo a plantearse el dilema anterior. Esta vez, el debate suponía morir sí o sí, si no acababa el libro, renunciaba a vivir la novela en la que ahora su vida se había transformado, muriendo fuera de la historia, o terminar la lectura y morir con el personaje en la misma historia, lo que hace que Jugo se decida por seguir con la lectura del libro hasta que al protagonista le reste escasa vida y aprovechar el momento para cesar con su lectura de una vez por todas.

Lo que está aquí en juego es la crítica al lector que, en lugar de obsesionarse con su propio final, con cómo acabará el final de su propia historia, se vuelve loco por conocer el final de los personajes de una novela, y por eso Unamuno se niega a contar el final de Jugo y prefiere plantear el dilema al lector en sus carnes: ¿es que vives? De modo que el lector sienta la misma agonía para Jugo que para sí mismo, al igual que el relata de manera autobiográfica, aunque enmascarada en su propia novela.

A pesar de todo, en la continuación de la novela que escribe en Hendaya, retoma de nuevo a Jugo porque también queda absorto por la trágica situación en que queda Jugo, al que le permite renunciar finalmente al libro y continuar con su viaje, esta vez pasando por su tierra natal una vez más para encontrarse con su niñez eterna, el tiempo en que no sabía leer y en la que estaba su esencia misma, la que no está absorbida por la vida de los personajes de las novelas.

Llegados a este punto, se puede atisbar ya que en Cómo se hace una novela se lleva a cabo una retorcida reflexión sobre el tiempo y su fluir, una idea muy presente en casi todas las novelas de Unamuno. Las blancas páginas de la vida que menciona al inicio de la novela se ven blancas como un negro porvenir, es decir, un incierto y oscuro futuro, algo que perturba enormemente a Jugo y que, cómo se ha podido atisbar en su contexto histórico, mucho tiene que ver con su vida personal, el tormento que le produce el miedo a la muerte, una muerte que se sabe inevitable y por la que se le crea una necesidad de inmortalidad que se explica en el escribir novelas, porque el diálogo con ellas es lo que permite crear vida con unos personajes que son parte del creador que seguirá viviendo en sus novelas. Y negro era también el porvenir que esperaba a España con la dictadura de Primo de Rivera y el mal funcionamiento político de un país decadente al que Unamuno ama verdaderamente. El autor bilbaíno es, efectivamente “pesimista” dada su constante preocupación por un futuro que se advierte turbio y su carácter melancólico, pero no por ello cae Unamuno en el derrotismo, al contrario, bebiendo del regeneracionismo español y el nihilismo vitalista se convierte en una figura ansiosa de mejora, está preocupado por su país y por la muerte pero en ese “dolerle España” lo que hace es proponer un cambio de actitud a base de orgullo, de una cabezonería de lo más quijotesca, ante la tragedia de la vida que es de ineludible dolor, el sentimiento trágico de la vida consiste en hacer de ese “nadismo” (en sus palabras, preferible a nihilismo) una lucha con orgullo quijotesco. Sin negar el carácter contradictorio de la vida, sin omitir el hecho de que vayamos a morir independientemente de lo que hagamos por prolongar o evitar la muerte, nos reafirmamos en esa lucha contra las injusticias y la muerte porque estamos convencidos de querer vivir y porque se puede vencer a la muerte con la novela que Unamuno, finalmente, parece que sí nos enseña a escribir o, mejor dicho, a vivir. Pero no mediante ideas que, como antes se señaló, dejan de vivir cuando se plasman en el papel, porque dejan de moverse hacia delante y pierden su espontaneidad, los ideales son para guiar nuestras acciones y tomarnos en serio el papel que se nos ha dado en nuestra novela de la vida.

El paso del tiempo que no frena y la certeza de la muerte construyen así un sentimiento de permanencia que se contradice con la llegada de la muerte, por eso la única salida hacia la eternidad es vivir en la memoria, dialogando con el lector y los personajes y los anteriores nosotros, es decir, con la historia. Para eso es importante la historicidad en Unamuno, porque es la herramienta con la que se lucha contra la contradicción de la vida y esta está estrechamente relacionada con el conflicto que plantea entre el creador y el personaje.

Como ya se introdujo anteriormente, Unamuno sostiene que la novela o, en general, una obra, es sinónimo de nosotros mismos. Las historias que se escriben son las que se viven y las historias que se leen son las que también se viven, al relacionarnos con ellas, y así escribe Unamuno, pensando en un lector al que está hablando más que el lector le esté leyendo. Así pues, el creador de una obra no es sino su propia obra también y viceversa, y esto se puede trasladar también a una cuestión ontológica-metafísica o teológica, ya que, nuestro Creador no ha de ser sino alguien que también haya vivido lo que ha construido y, por ende, alguien a quién también han construido todos los seres que habitan la Tierra, de manera que el título de persona o de creador equivale plenamente al de personaje y creación. Ser padre o el Padre consiste en dar vida y, asimismo, ser hijo es ser la vida que se ha dado, en otras palabras, vivir la vida del padre, que inevitablemente también vive en la vida de su hijo. Pero esa vida no se confiere sin más por el hecho de haber dado vida, pues la vida se concede cuando se “padece”, en términos unamunianos; cuando se establece un diálogo con la vida creada, esta se transforma en nosotros, algo en la lectura de la novela nos cambia, nos mata igual que a Jugo, pero sin necesidad de conocer un final, ya que, igual que a Jugo, la vida nos puede cambiar sin necesidad de saber cómo acaba la historia que, a fin de cuentas, es lo que menos importa siempre que se mantenga ese constante movimiento que es luchar contra la contradicción que es la vida mediante la propia vida. “Se nace muerto para morir vivo”, nacemos sin nada y absorbemos toda la vida que podemos, igual que las novelas imitan la vida, y es así como el personaje o el hijo se desarrolla hasta convertirse en un personaje, un actor que se hará padre con sus propias acciones que de nuevo cambien el mundo y creen vida. Y esta es la razón por la que merece la pena luchar quijotescamente con la vida, porque la vida no acaba en la muerte del cuerpo igual que la novela no acaba por la destrucción de un solo ejemplar del que haya copias, solo acaba si deja de haber creación; y también es, lógicamente, la razón de que Unamuno no quiera darle un final a Jugo, porque lo que acaba verdaderamente y cierra el círculo perfecto, es la muerte, pero la vida no puede morir.

Así pues, si vida y novela pueden ser sinónimos, ¿dónde quedan los límites entre realidad y ficción? Desde luego que, entre personaje y creador, no, pues la historia es el hilo conductor que las envuelve y las retroalimenta, pero quizá si en su medio de relación: el diálogo. Un diálogo requiere de la existencia de al menos dos personas, pueden ser ciudades, libros, objetos personificados, incluso podría darse un diálogo con uno mismo en la conciencia, la memoria o los personajes de los que es padre en su novela, pero siempre será necesaria la itinerancia de dos razones pensantes. No existe algo así como una diferencia entre respirar tinta y oxígeno para separar ficción de realidad, ni siquiera las mayores fantasías suceden necesariamente en la novela, pues también se dan en la realidad con la superación personal, la tecnología o la imaginación, lo único que las separa es un diálogo que interpela dos elementos, el real y el ficticio, aunque la frontera que separa cada ámbito es tan fina que a veces es difícilmente discernible hasta el punto en que lo más probable es que realidad y ficción se superen en el momento en que se produce un intercambio de realidad entre ambos, cuando surge el diálogo y cuando se lee, el lector  y el personaje mueren y renacen y cada uno se viste con la persona del otro. El personaje adquiere la realidad del que se hace interlocutor y entonces se convierte en padre, en creador de más ficción, y es que, la realidad tal y como se conoce no es una idea pura e impenetrable, sino que se ve atravesada por la novela y le devuelve el golpe, ya que, independientemente de si hubo realidad antes que ficción, si es que acaso no somos desde un principio obras ficticias de nuestro creador, la ficción también puede generar realidad: “la novela de mí, Miguel de Unamuno, al que llamamos así, hemos hecho conjuntamente los otros y yo, mis amigos y mis enemigos, y mi yo amigo y mi yo enemigo. Y he aquí por qué no puedo mirarme un rato al espejo, porque al punto se me van los ojos tras de mis ojos, tras su retrato, y desde que miro a mi mirada me siento vaciarme de mí mismo, perder mi historia, mi leyenda, mi novela, volver a la inconciencia, al pasado, a la nada[4]”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Fernández Urtasun, R. (2003) “Teoría de la autobiografía en Cómo se hace una novela, de Miguel de Unamuno”. En: Memorias y olvidos: autos y biografías (reales, ficticias) en la cultura hispánica, Jesús Pérez Magallón, Ricardo de la Fuente y Kay M. Sibbald eds., Valladolid, Ed. Universitas Castellae, Colección ""Cultura Iberoamericana"", 2003: 73-88.

Jazmín, D. (2021) Comentario a “Cómo se hace una novela” de Unamuno. Artículo publicado en: https://ensayosminimos.com/2021/11/10/comentario-a-como-se-hace-una-novela-unamuno/

Peña, R. (2013) “Cómo se hace una novela”, de Miguel de Unamuno. Artículo publicado en Libros Vavel, URL: https://vavel.media/es/2013/04/25/libros/232703.html

Rabate, J.C. (2009) Miguel de Unamuno. Biografía. Ed. Taurus.

Unamuno, M. (1927) Cómo se hace una novela, Edición digital (2018) Librodot.com, URL: https://centroderecursos.educarchile.cl/bitstream/handle/20.500.12246/53735/articles-107071_Archivo.pdf?sequence=1&isAllowed=y.



[1] Unamuno, M. (1927) p.4.

[2] Unamuno, M. (1927) p.15.

[3] Unamuno, M. (1927) p.1.

[4] Unamuno, M. (1927) p.5.

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